
Se cayó.
Quizá, estadísticamente, no era sorprendente. Día tras día asomándose al mismo acantilado, con la mirada fija en el infinito. Con el suelo húmedo es difícil mantener el equilibrio siempre. Sobre todo cuando se trata de mantener el interno y el externo.
Mientras caía, con una punzada en el pecho por lo irónico del asunto, extendió los brazos y abrió los ojos. Quería abarcar toda la inmensidad de su mala suerte y dejar que el agua, cuando tocara la superficie, le cubriera por completo. Que no quedase una parte seca. Y los ojos, porque quería verlo todo. Secos ya no estaban. Cruelmente habían anticipado la humedad, porque cuando cayó, lloraba. Como lloraba cada día. Siempre fueron él y sus lágrimas. Hoy se les unió el azar.¿El destino?.La ironía.
Intentó escuchar, recordando que alguna vez bromeó con qué canción quería que sonara al morir. No eran precisamente armónicos los sonidos que le llegaban. Pero, al menos, había dejado de escuchar su propia voz lamentándose, repitiendo una y otra vez las mismas letanías, las que le arrastraban hacia allí cada día. Su propia voz, en un momento tan crucial, se había amedrentado. No tenía ni ganas de gritar. Para qué. No sería capaz de amortiguar el golpe a base de gritos. Rio, eso sí. Quizá tampoco amortiguaría, pero al menos calmaba la punzada del pecho.
Estiró un poco más los dedos. Cogió aire para poder seguir riendo, a pleno pulmón.
Vio, desde su nueva perspectiva ( un poco más horizontal que antes) el mundo que le rodeaba. Admiró formas y colores en un espacio tan reducido como aquel. Distintas clases de aves que le sobrevolaban y peces que nadaban por debajo suya ajenos a la que se les venía encima. Humanos que de haberle visto, habrían meneado la cabeza en un "era de esperar".
Se cayó. Y con los ojos y los brazos abiertos, se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo...había dejado de echar de menos.
