Saturday Night Live

...brindo por los mapas que trazaremos...


Primer sábado por la noche desde hace dos meses que me quedo en casa. Tres de mis actores favoritos(Ralph Fiennes, Colin Firth y el irakí de Lost), una de mis actrices favoritas(Kristin Scott Thomas). Cena casera, de las caseras de verdad, lo que seguro esta noche cenan en mi casa. Mi propia noche en blanco, con las puertas abiertas.
Conde de Casal
Quien me conoce sabe bien que Madrid es una ciudad que no me gusta nada( de hecho, cuando estuve en Viena me recordó tantísimo a Madrid que no conseguí que me hiciera gracia).

Para mí (casi) siempre ha sido ciudad de paso: la plataforma para coger un avion, un autobús, o un tren que me llevara lejos, lejos, lejos.

La última vez, por el Summercase, Madrid se llevó la tarde del domingo en busca de unas pinturas de Julian Beever que nunca aparecieron( yo quería ir de cañas por la Latina, peeeeeeeeeeeeeeeeeero...).

A lo que iba: mi meta y mi punto de partida era siempre el mismo: la estación que Autores tiene en Conde de Casal. Me la sé al dedillo. Siempre que he estado allí ha sido con toda la ilusión o destrozada por un viaje sin escalas. Sé todas las combinaciones de metro posibles para llegar desde cualquier punto de la ciudad.

Y van a derribarla. Otro recuerdo que se llevan las inmobiliarias.

Ahora tengo que buscar otra calle: no sé qué estación del sur( el nombre me gusta) de Méndez Álvaro...pero ya no será lo mismo: no estará ese hotel en la esquina, no sabré dónde ir directamente a comprar el billete. No sé si en el baño se podrá rodar una peli de terror( porque madremía, que miedo me ha dao siempre el baño de esa estación)



Esta noche sale el último autobús. Mi próxima huida tendrá cambio de escenario. Descanse en paz.
Y nos cambiarán los recuerdos
Ya lo decía Sabina, " al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver". A mi ni me dejan. Todos tenemos derecho a pasear por los sitios que nos traen buenos recuerdos y reunir nostalgia viéndonos en otra época.

Pues bien, yo no puedo.

Me fui del lugar donde pasé mi infancia con la sana intención de volver de vez en cuando y volver a ser aquella niña: me cambiaron hasta el color de las aceras y se me traicionó en mi propia casa, cambiando el gastado suelo del patio donde estaban nuestras huellas(de mis hermanos, mis primos y mis gatos) tatuadas en el cemento fresco.

Me fui del lugar donde pasé mi adolescencia y por cada viaje a la parte antigua de la ciudad feliz, era obligatorio pasar por delante de aquellas puertas. Hasta que su lugar lo ocupó un hueco promovido por la especulación inmobiliaria y ahora es un proyecto de hotel de 5 estrellas.

Me he ido del lugar donde he pasado muchos, muchos años y, como tirar edificios se ve que no es demasiado rentable y lo de cambiar el suelo es menos rentable en una gran ciudad, han decidido cambiarme los colores para ver si me equivoco en el camino de vuelta.

Mi facultad parece otra, más nueva por fuera, aunque no por dentro, pero al menos conserva el tinte amarillento. Pero lo que han hecho con mi residencia no tiene nombre. Las inmaculadas paredes blancas se han transformado en un rosa que duele nada más verlo, que desteñirá mis recuerdos cuando vuelva a pasar por esa puerta.

No sé qué camino tomarán mis pasos en el siguiente cruce, pero sé que cuando me vaya, el complot seguirá...una ya no puede ni entristecerse tranquila una tarde de lluvia cualquiera...
Turning the key, unlocking the door
No es obligatorio, pero le he puesto BSO, dale al play :)


Se mordió la voz hasta que le sangraron los silencios. Tenía 16 años y llevaba 3 sin decir una palabra. Muda por obligación.
Sus padres, unos fanáticos religiosos, no la habían sacado de casa desde el momento en que nació( por parto natural, en el salón de aquella casa oscura, sin más ayuda que los rezos de su abuela). Se dedicaron a educarla en casa, fuera de las aulas contaminadas de pensamientos impuros: le cambiaron la historia, la literatura, la biología. Sólo las matemáticas permanecían inalterables.

En la casa no había libros, una televisión o una triste radio. La niña sabía cuál era el concepto de música y se sabía de memoria vida, obras y milagros de los compositores clásicos. Pero nunca había escuchado nada ajeno a su voz o la de sus padres.

E incluso aquello lo perdió.

Cuando contaba con 13 años, tras una revelación, en aquella casa se decidió hacer voto de silencio. “ Será la mejor manera de encontrar nuestro camino”, intentaba explicarle su madre. De hecho, fue lo último que dijo.
Al principio todo fue bien. En aquella casa nunca había demasiado ruido, así que el cambio casi ni se notaba. Pero, tras los primeros meses de supuesta búsqueda espiritual, la niña se encontró a sí misma.
Al no tener a nadie que inundara su cabeza con otros pensamientos, comenzó a tener una imaginación desbordante. Al empezar a imaginar, lo de empezar a dudar de todo lo que anteriormente le habían dicho empezó a tener sentido. Y las dudas llevaron a la necesidad de preguntar. Y aquel silencio impuesto trajo consigo la sangre de su voz mordida.
Tenía sus trucos, por supuesto: cuando arreglaba las flores de su pequeño jardín, abría la boca y susurraba a las plantas palabras conocidas, inventadas e incluso, el abecedario al revés, para no olvidar como sonaban en su boca las letras. Incluso era capaz de hacerlo con ritmo, con una voz suave y cadente: cantaba, pero no sabía que lo hacía, porque de la música sólo conocía la teoría.

Así, ganándole pequeñas batallas a su rutina, pasaron los años. Había dejado de contar los días y sus padres no parecían estar dispuestos a abandonar aquel voto. No habían sido capaces de encontrar su camino aun.
Y entonces, esa noche, llegó la tormenta. Era tarde, muy tarde y ella miraba entusiasmada por la ventana como caía la tromba de agua y se iluminaba la habitación con los relámpagos. Aquel era el ruido más fuerte que había escuchado en los últimos meses y comenzó a imaginar historias bajo la lluvia.
Y se dio cuenta de que estaba cansada de imaginar cosas que podía vivir por ella misma. Se vistió, bajó las escaleras de madera huyendo de los crujidos que se sabía de memoria, llegó a la puerta, giró la llave en la cerradura( era tan fácil, todo este tiempo) y salió a mojarse.
Corrió, riendo, bajo la lluvia, sin importarle ir calada hasta los huesos. No sabía que había más allá de donde alcanzaban sus ojos. Y no le importaba. Cada vez reía más alto, incluso había empezado a gritar y bailar.

Empezaba a amanecer cuando, a lo lejos, vio decenas de casas juntas. Ni siquiera sabía que la gente sabía vivir en comunidad.
Llegó al pequeño pueblo y, en la tercera calle que observaba con los ojos muy abiertos vio un cartel: desayunos.
Entró y sacando unas monedas, señaló en la carta el pastel de manzana, sonriendo. A su voz mordida, a la sangre que manchaba sus silencios, se le unió ahora la timidez de la incertidumbre, el miedo a pronunciar.
- Buenos días, al menos-le dijo la camarera, sonriendo- ¿ qué trae a una chica como tú tan temprano a este sitio?
- Buenos días-allí estaba, su voz, todas las historias que había inventado, todas las que le quedaban por conocer- voy a descubrir el mundo.
Mj
Esto y más en Cuentacuentos
Free as a bird

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición.
Pasaba largas temporadas acumulando polvo y humedad en su cubierta, la misma que cubría las paredes por dentro y por fuera de aquel penal, llamado, irónicamente “ Dreams”. Un lugar de ensueño, una isla desierta, se había transformado, desde su construcción, en un obstáculo más a salvar para aquellos incautos que se atrevían a saltar los muros de piedra. Alcatraz, al menos, tenía a nado, con un poco de esfuerzo, una ciudad en tierra firme. Dreams sólo tenía agua en derredor.
Aquel libro, sin embargo, era una puerta más accesible a todo lo que había más allá: por fuera parecía una fuente eterna de infecciones, pero la belleza que escondían sus páginas era impresionante.
En realidad lo que contaba daba igual: eran relatos cortos sobre amor, a veces( entre los castillos cercanos a Edimburgo, bajo la lluvia, un fantasma del siglo XVII declara su amor eterno a la pobre huerfanita). Otras, asesinatos en las calles del Nueva York de principios del siglo XX, con mafiosos que trapichean entre edificios altos como palmeras. De la página 51 a la 83, un guerrero del desierto emprende un viaje robando sueños de cada tribu nómada que se encuentra y decide tirarlos todos al mar para que tengan que seguir vagando mientras los buscan. Casi al final, una leyenda china tiene aterrorizados a los habitantes de una pequeña aldea, que dejan ofrendas en el bosque y cantan cada día, a la misma hora, la misma canción para poder ver salir el sol al día siguiente. Y así hasta un total de 30 historias, repartidas a lo largo de la historia y de los continentes.
El libro era bello, sí: describía con minuciosidad los detalles de cada escenario como si los ojos del que lo escribió se hubieran recreado largas temporadas en aquellos parajes. Habría hecho falta una vida entera para poder terminar una obra como aquella y morir en paz, guardando en la memoria( la propia de sus retinas y la ajena de sus páginas) todo lo aprendido, todo lo visto.

Sólo había una copia, la que languidecía en aquel baúl, abandonado incluso por las arañas, ratas y cucarachas que poblaban el último rincón de aquella cárcel sin salida.
Esa copia, además, estaba maldita. Toda la belleza que albergaba en su interior era su propia maldición: nadie podía sobrevivir a leerlo sin desear ver con sus propios ojos lo que allí se contaba.
No todos reaccionaban igual: mientras unos acababan con sus vidas entendiendo que, si no iban a poder salir nunca de allí, no tenía sentido malgastar un segundo en desear algo que no era posible, los que eran demasiado cobardes( o valientes, según se mire) para el suicidio se sacaban los ojos para que, al no poder mirar más lejos, fueran aquellas palabras lo último que vieran.
Por eso el libro estaba en aquel baúl: el último alcaide, harto de aquello, pero incapaz de destruir un libro, había decidido esconderlo. Sólo él sabía dónde estaba.

Y nadie nunca se atrevería a adentrarse en aquel laberinto lleno de humedad en busca de un libro bello y maldito.


[...]


La noche caía sobre el sector de Dreams. Bueno era un decir, porque solo desde el exterior podía observarse el paso del día a la noche.
En el interior de aquel lugar reinaba la oscuridad desde tiempos ya perdidos en la memoria. Ni siquiera la luz eléctrica había llegado aún a Dreams; parecía como si la naturaleza se hubiera confabulado con ella para mantenerla en ese aislamiento rodeada de pantanos y escarpados desfiladeros a cuya base el mar se estrellaba con fuerza.
Los que allí estaban simplemente habían dejado de existir para el resto del mundo. No por voluntad propia, sino porque esa misma voluntad terminaba por ser vencida, anulada por sofisticados medios de reeducación que tan solo conocían allí, en Dreams.
Al recién llegado le extrañó ver aquella puerta cerrada durante los varios días que llevaba allí. Sobre todo cuando sobre el dintel de la puerta aparecía el siguiente rótulo: Biblioteca.
Lo curioso es que no había guardia alguno que custodiara la entrada, ni siquiera tenía cerradura, en realidad nada impedía el acceso, entonces… por qué y más en un lugar como aquel, nunca vio a nadie entrar?

Viendo como con el paso del tiempo la única opción que le ayudaba a no volverse loco, la de la esperanza de pronto se darían cuenta del error y le sacarían de allí, se esfumaba, y que la no le quedaba otra que perderse entre los libros, decidió que era el momento de atravesar aquella puerta.
Cuando los apagaron los quinqueles y el pasillo se sumió en la quietud mas escalofriante, salió de su celda, había un preso por cada celda, y cerciorándose de que nadie le observaba descendió por las angostas escaleras de caracol que le llevarían hasta la misma puerta de la biblioteca.
Y con la mano temblorosa la abrió con sumo cuidado de no hacer el mejor ruido y entró.
Lo que allí vio en nada se parecía al concepto de biblioteca que el tenía. Era una pequeña estancia que servía de paso hacia los sótanos de aquella torre. Los sillares de piedra que la rodeaban estaban cubiertos de musgos que delataban la proximidad del mar al otro lado. Cerró tras de si la puerta y encendió la vieja lámpara de aceite que pendía de la viga del techo. Al instante pudo medio ver una mesa con forma de media luna que se adaptaba a la pared y en el centro junto a la escalera que continuaba su descenso un enorme baúl. Acercó la lámpara hacia el y pudo leer la siguiente inscripción en la cerradura “La belleza era su mayor bendición pero también su maldición”. Se repitió varias veces aquella frase mentalmente intentando descifrarle un sentido cuando vio que el baúl podía abrirse sin problema alguno.
Lo abrió con gran recelo y emoción a la vez, y en su interior lo único que pudo encontrar fue un libro.
Y se sentó allí mismo, cruzó sus piernas y sobre ellas colocó el libro. Entonces lo abrió, ni siquiera se detuvo en el título ya que no lo había. Y comenzó a leer.

Había pasado el tiempo sin darse cuenta cuando el sonido de las olas contra la torre le distrajo de la lectura. Fue en ese momento cuando creyó comprender la primera parte de la inscripción. No recordaba desde que llegó a Dreams haber oído antes el mar, al menos como mar, algo distinto del todo que envolvía aquel horrible lugar. El libro había conseguido vencer al tiempo, subyugarlo, incluso le había hecho sentir el estrépito del oleaje, incluso podía volar más allá de aquellos muros hacia maravillosos lugares. La vida por obra y arte de aquel libro recobraba su ilusión y esperanza, aquel libro le cambió las pesadillas por sueños. ¡Cuanta belleza podían esconder aquellas hojas!
Necesitaba transmitir todo aquello a los demás reclusos...
En ese instante las palabras comenzaron a subir por las escaleras

Mj y Nínive(gracias, loco)
Esto y más en Cuentacuentos