Sin nombre




No tengo nombre y van a matarme.


Escribo esto en el reverso de las hojas de un libro que he encontrado detrás de la tercera piedra de la segunda fila. Probablemente es lo único que queda del anterior inquilino: sé que sus huesos son el polvo que pisan mis pies y no sabría decir por qué acabó aquí. Tampoco sé para qué o quién escribo esto: me tienen recluido en una gruta que da al mar y dudo bastante que pueda hacerle llegar a alguien este mensaje. Pero creo que escribir me ayudará a no enloquecer del todo, a tener algo con lo que entretenerme.


Todavía no entiendo muy bien qué hago aquí. Llegaron de noche a mi casa, con un pañuelo impregnado en cloroformo, como en las películas, me durmieron y lo siguiente que recuerdo es despertar con un terrible dolor de cabeza en esta oscura cueva.


No sé, de verdad, qué he hecho para terminar aquí. Llevo toda mi vida en este pequeño pueblo, junto al mar. Mi madre murió al darme a luz y mi padre no quiso si quiera nombrarme, por lo que los primeros recuerdos que tengo le incluyen con un “llevas la muerte contigo, pequeño diablo” en la boca.


Siempre quise ganarme su favor, cosas de críos, por lo que acepté aquellas frases como un desafío personal: cada tarde, al salir del colegio, iba al bosque, el que empieza donde la playa acaba, y buscaba un animal. Primero lo observaba escondido entre los matorrales, incluso llevaba algo de comida en los bolsillos para acercarme a él. Una vez que me ganaba su confianza, lo torturaba. En aquellas tardes de otoño aprendí a cortar extremidades con la precisión de un cirujano. Podía hacer infinitas formas con pieles de distintos colores y tamaños. Pero lo que mejor se me daba era vaciar las cuencas de los ojos. Iba despacito, despacito, siempre pensando que, detrás de aquellas bolas viscosas, me encontraría con las imágenes que habían visto durante esos años por el bosque, por el pueblo, quizá al otro lado de la frontera.


Pero me equivocaba. Sólo encontraba más sangre. Y aun así, seguía intentándolo: cuando volvía a casa, con los bolsillos llenos de trofeos y las uñas cubiertas de tierra por esconder a mis “víctimas” a metros de profundidad de los curiosos de mis vecinos, solía dejar partes de los animales a la vista de mi padre, para llamar su atención, para sentirme reconocido en aquellas palabras que me dedicaba siempre.


“Hueles a muerte, muchacho”


Y nada más.


Los objetos que dejaba al azar por las habitaciones desaparecían, sin preguntas. Él sólo me miraba como a un extraño y apretaba los dientes y el camafeo de mi madre entre sus manos.

Ni gritos, ni reproches, ni insultos. Sólo esa voz ronca que no me nombraba y esa mirada que no me veía.


Seguí creciendo, llevando mi muerte conmigo.


Supongo que dar el paso para acabar con algo más grande fue totalmente natural. Por el pueblo me miraban raro. Siempre supe que aquellas voces callaban a mi paso porque, precisamente, hablaban de mí. Cuando me miraba en el espejo, mi aspecto era el de un chaval normal para mi edad. No llamaba la atención por mi ropa ni por mi aspecto. Pero podía notar sus afiladas miradas clavándose en mi nuca. El frío de las palabras del tendero cuando iba a la compra. Parecía que tiempo y espacio se pararan en mi presencia.


Por eso, para hacerme notar ante los demás, seguí matando. Claro que, al principio, nadie reparó en ello. Que desapareciera el vagabundo que se había quedado dormido en el parque los últimos quince días, huyendo de a saber qué truculenta historia en el pueblo de al lado no le importaba a nadie. Si dos días después aparecía su cadáver cerca de la playa, destrozado, todos daban por hecho que se había ahogado y que los peces se habían cebado con él. A nadie se le ocurriría pensar que quizá los ojos que había en el tarro de mi cuarto eran últimamente más grandes y más tristes( curiosamente, descubrí que las cuencas de los humanos tampoco esconden los negativos de las imágenes que recuerdan).


Tres vagabundos y un turista perdido después, el miedo se instaló en el pueblo. “ Una bestia en el bosque”, decían. Ni siquiera se habían dado cuenta en ese tiempo de que prácticamente no quedaban alimañas por allí. No había lobos aullando y quizá las noches de luna llena en completo silencio les aterrorizaban más. Una bestia silenciosa. Que no se hacía notar. Que no avisaba.


Con todo el mundo mirando hacia otro lado, me crecí. Tanto tiempo pasando desapercibido me dio alas. Quería saber qué se sentía al cambiar la muerte de desconocidos por la de gente de mi día a día. Tendría que escoger bien mi víctima. A estas alturas, que descubrieran mi afición daría al traste con lo único que daba sentido a mi vida. Y eso no podría soportarlo.


“ Llevas la muerte contigo, pequeño demonio”, me dijo de nuevo al despertarse aquel día. Y supe que mi próxima víctima sería él. Quería probar un nuevo método de tortura. Y él estaba allí, torturándose desde hacía años.


Irónico, ¿verdad? Le traje a esta misma gruta hace dos semanas. Salimos de paseo, como cada jueves. Él con su libro, enfrascado en la historia que hay en el reverso de mis últimas palabras, ajeno a todo lo que le contaba. Cuando me cansé de su indiferencia, saqué uno de los ojos de mi bolsillo y empecé a contarle a mi padre toda la historia, desde el principio. Desde el primer pájaro. La primera cabeza aplastada. El turista que terminó con su guía de carreteras, página a página, en el estómago


Ahí fue cuando supe que me estaba escuchando: intentó deshacer el camino andado, con las manos blancas de apretar el libro que tenía entre ellas. Pero sabía que era demasiado tarde. Y acabó aquí, atado a las piedras.


El plan era sencillo: dejar que el agua le ahogara en cuanto subiera la marea y verlo desde el otro lado de la orilla. Dejar que los peces hicieran esta vez el trabajo sucio por mí. Con un poco de suerte, lograría sacar la cabeza del agua y podría aguantar varios días.


Pero no fue así.


Claudicó en la primera noche. Me dejó sin posibilidad de disfrutarlo. Así que cada día he tenido que volver a machacar lo que quedaba de él. Sin saña, sin rencor. Hay que ser práctico y no dejar nunca rastro.


Sin embargo, creo que en uno de mis viajes me descubrieron. En el pueblo se hablaba de la desaparición de mi padre, y, aunque nadie se acercó a preguntarme, todos me miran raro, como siempre, sí, pero distinto. Supongo que me siguieron, hatajo de metomentodos, y ataron cabos.


Se han tomado la justicia por su mano, asesinos sin escrúpulos. Pero no se saldrán con la suya. El agua me llega ya a la altura del pecho. Y sé que puedo resistir. Que aguantaré el embiste de la marea alta sin que el agua me cubra del todo. Se mojan las páginas, guardaré esto donde estaba. Si llego a mañana, la próxima página será la de mi venganza. Mi venganza sin nombre.


Ilsa Blaine(Mj)


Es la primera vez que gano algo así, la verdad. Así que quiero dar las gracias a todos aquellos que pasáis por aquí a leer los relatos que no participan en concursos. Por animarme a seguir escribiendo y no despedazarme con vuestras palabras :)
The long and winding road

El camino era tan estrecho que se hacía difícil caminar erguido sin caer. A un lado, el mar rompía con fuerza, intentando traspasar la montaña y ver qué había más allá. Al otro, sólo piedras, impasibles ante el viento y el sol. Sobre él, yo, contando mentalmente los metros que había de abismo. Intentando adivinar qué pasaría por mi cabeza si cayera en picado.


Mi mano se aferraba torpemente a la triste cuerda que servía de guía para apoyarse y que había conocido tiempos mejores: ahora sólo dejaba una rozadura que manchaba de sangre el papel del que no podía separarme, el anuncio que me llevaba por aquel camino estrecho.


Reconozco que llamé por curiosidad. No soy de los que contestan a los anuncios en el periódico, pero siempre que voy en el metro y pienso en lo enterrado que estoy bajo tierra, termino haciendo tonterías. Y tenía aquel periódico gratuito en las manos. Y salí del vagón en la siguiente parada, en busca de algo de cobertura.
Y llamé al número. Aquel número que acompañaba a las tres palabras del anuncio:
“¿Quieres ser luz?”

Y quise ser luz. Y quise saber qué tenía qué hacer. ¿Habría cursillos?¿Te darían un trozo de oscuridad para que practicaras?¿Podría medirme a mí mismo en candelas?

Sin embargo, al otro lado del teléfono una voz ronca no me dejó ni preguntar. Simplemente me dijo una fecha( hoy ) y unas coordenadas. Y, uno, movido por la intriga, buscó el lugar, en medio de la nada. Y en otra tarde de metro, decidí que iría, que no tenía nada que perder. Y podía ser luz. O intentarlo.

Así que allí estaba, subiendo caminos escarpados. Con la brújula colgando de mi cinturón para no equivocarme. Empezaba a caer la noche y no sabía qué demonios hacía allí.

De repente, el camino se ensanchó, las rocas desaparecieron y el viento amainó. Sin ser capaz de levantar demasiado los ojos del suelo, temiendo por mi equilibrio, me vi delante de una aldaba. Una puerta de madera.

Llamé y el anciano al que correspondía la voz ronca de aquella llamada que se me hacía muy lejana, me abrió, con una sonrisa maliciosa.

- Bienvenido. Has llegado a tu destino. Yo me marcho.
- Pp, pero…¿nada más?¿y la luz?
- Ah! Sube esas escaleras. Serás luz para siempre. Lo dicho, me voy.

Y me dejó allí. Mientras se alejaba por el camino estrecho, riéndose sólo. Subí lo que me parecieron cientos de escalones, y, cuando llegué(sin aliento) al último, me di cuenta de dónde estaba y lo que había pasado.


Había contestado un anuncio para sustituir al viejo farero, el hombrecillo que se regodeaba en su astucia mientras deshacía el camino que le habría llevado allí años atrás. Seguramente engañado, como yo.

Ahora sólo me queda aprender a ser luz. Inventarme las historias de los barcos que no naufragarán. Y tengo todo el tiempo del mundo…para atraer a la próxima víctima.
Mj(de no ser por la foto, no habría inspiración, así que...you know...)
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Delirium Tremens
Una mancha de vino en el mantel. Recuerdo que una botella se había derramado, no una copa, sino una botella entera, dejando un reguero como un río de sangre bañada en alcohol. Mi propia sangre, quizá.

Noto el frío de las baldosas atravesando la camisa, puedo sentirlo en los pulmones, en mi aliento. Mi mirada está fija en algún punto de la habitación: la cortina necesita un zurcido urgente, hay una moneda de veinte al lado del ficus. ¿De dónde ha salido el ficus?

La botella de vino. Vuelvo una y otra vez a ella. Ahí está la clave de mi situación actual, en esa botella de la que sólo alcanzo a ver una mancha en el mantel. Chianti, huele a Chianti, seguro. Claro que el olor viene de mí. Creo que soy parte de la maldita mancha.


Noto humedad y dolor en la mano derecha: cristales, seguro, clavados hasta el nervio.¿Podía seguir moviendo los dedos? Sí, allí estaban, amarillos como los recordaba. Mañana mismo dejaré de fumar. Igual que la semana pasada. Miro mi muñeca, lo que se suponía que era una manga de camisa blanca, impoluta, muestra ahora un sospechoso color carmín. ¿Me habían besado allí o me había limpiado un beso? ¿Quedaría más rastro de ella?¿De ellas? Fuera quién fuera, no sigue aquí. Siempre huyen. Yo también lo haría.

Me atraviesa un recuerdo como un rayo...celebraban, celebrábamos, algo. Gente que ríe. Más botellas vacías.
Quizá no. Bebían, bebíamos, para olvidar algo. Gente triste. Más botellas vacías.

Consigo levantarme y la visión de mi piso convierte el martilleo de mi cabeza en un dolor constante, sordo. Nada está donde debiera estar. La nueva decoración, sin embargo, parece interesante. Podría ponerle nombres raros a esas sillas sobre el sofá. Dejaré el mantel con la mancha. Arte moderno. Paisajes interiores. Bobadas.

Me planteo la ducha como acto de purificación de excesos, pero, mientras vendo mi mano, a la luz de la ventana, decido que nada limpia mejor que el sol mojado en alcohol. No me cambio de ropa, para qué, es mi uniforme de guerra y llevo corbata. Gafas de sol. Para que no me vean mirar.

Sentado en la terraza, cerveza en mano, observo a la gente pasar. Quiero ser el padre de familia que saca al niño y al perro a pasear. Los tres con correa. Quiero ser el estudiante ejemplar que vuelve a casa, carpeta en mano, con mucho estudiado y poco aprendido. Quiero ser el kioskero, repartir noticias y no ser parte de ellas. Quiero cambiar. Quiero redención.

Pero ya tendré tiempo para todo eso- sonrío al leer el mensaje recién llegado a mi móvil- de momento esta noche seguiré manchando manteles. Mañana será otro día.


Mj

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