Mi mano se aferraba torpemente a la triste cuerda que servía de guía para apoyarse y que había conocido tiempos mejores: ahora sólo dejaba una rozadura que manchaba de sangre el papel del que no podía separarme, el anuncio que me llevaba por aquel camino estrecho.
Reconozco que llamé por curiosidad. No soy de los que contestan a los anuncios en el periódico, pero siempre que voy en el metro y pienso en lo enterrado que estoy bajo tierra, termino haciendo tonterías. Y tenía aquel periódico gratuito en las manos. Y salí del vagón en la siguiente parada, en busca de algo de cobertura.
Y llamé al número. Aquel número que acompañaba a las tres palabras del anuncio:
“¿Quieres ser luz?”
Y quise ser luz. Y quise saber qué tenía qué hacer. ¿Habría cursillos?¿Te darían un trozo de oscuridad para que practicaras?¿Podría medirme a mí mismo en candelas?
Sin embargo, al otro lado del teléfono una voz ronca no me dejó ni preguntar. Simplemente me dijo una fecha( hoy ) y unas coordenadas. Y, uno, movido por la intriga, buscó el lugar, en medio de la nada. Y en otra tarde de metro, decidí que iría, que no tenía nada que perder. Y podía ser luz. O intentarlo.
Así que allí estaba, subiendo caminos escarpados. Con la brújula colgando de mi cinturón para no equivocarme. Empezaba a caer la noche y no sabía qué demonios hacía allí.
De repente, el camino se ensanchó, las rocas desaparecieron y el viento amainó. Sin ser capaz de levantar demasiado los ojos del suelo, temiendo por mi equilibrio, me vi delante de una aldaba. Una puerta de madera.
Llamé y el anciano al que correspondía la voz ronca de aquella llamada que se me hacía muy lejana, me abrió, con una sonrisa maliciosa.
- Bienvenido. Has llegado a tu destino. Yo me marcho.
- Pp, pero…¿nada más?¿y la luz?
- Ah! Sube esas escaleras. Serás luz para siempre. Lo dicho, me voy.
Y me dejó allí. Mientras se alejaba por el camino estrecho, riéndose sólo. Subí lo que me parecieron cientos de escalones, y, cuando llegué(sin aliento) al último, me di cuenta de dónde estaba y lo que había pasado.
Había contestado un anuncio para sustituir al viejo farero, el hombrecillo que se regodeaba en su astucia mientras deshacía el camino que le habría llevado allí años atrás. Seguramente engañado, como yo.
Ahora sólo me queda aprender a ser luz. Inventarme las historias de los barcos que no naufragarán. Y tengo todo el tiempo del mundo…para atraer a la próxima víctima.
Una mancha de vino en el mantel. Recuerdo que una botella se había derramado, no una copa, sino una botella entera, dejando un reguero como un río de sangre bañada en alcohol. Mi propia sangre, quizá.Consigo levantarme y la visión de mi piso convierte el martilleo de mi cabeza en un dolor constante, sordo. Nada está donde debiera estar. La nueva decoración, sin embargo, parece interesante. Podría ponerle nombres raros a esas sillas sobre el sofá. Dejaré el mantel con la mancha. Arte moderno. Paisajes interiores. Bobadas.
Me planteo la ducha como acto de purificación de excesos, pero, mientras vendo mi mano, a la luz de la ventana, decido que nada limpia mejor que el sol mojado en alcohol. No me cambio de ropa, para qué, es mi uniforme de guerra y llevo corbata. Gafas de sol. Para que no me vean mirar.
Sentado en la terraza, cerveza en mano, observo a la gente pasar. Quiero ser el padre de familia que saca al niño y al perro a pasear. Los tres con correa. Quiero ser el estudiante ejemplar que vuelve a casa, carpeta en mano, con mucho estudiado y poco aprendido. Quiero ser el kioskero, repartir noticias y no ser parte de ellas. Quiero cambiar. Quiero redención.
Pero ya tendré tiempo para todo eso- sonrío al leer el mensaje recién llegado a mi móvil- de momento esta noche seguiré manchando manteles. Mañana será otro día.
Mj
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